Por Cristina Casabón 

En 1989 la desintegración de la Unión Soviética era tan inconcebible para los analistas contemporáneos como la perspectiva de la desintegración de la Unión Europea para los expertos de hoy día”, comenta Ivan Krastev en el artículo titulado European dis-Union: lessons of the Soviet collapse y publicado en Open Democracy el pasado 15 de mayo. Krastev es presidente del Centre for Liberal Strategies en Sofia y miembro del Consejo de ECFR. A continuación les ofrecemos las ideas principales de este acertado artículo:

En 1992 el mundo se despertó para encontrar que la Unión Soviética ya no estaba en el mapa. Una de las dos superpotencias del mundo se había derrumbado sin una guerra, invasión extraterrestre o cualquier otra catástrofe. Y sucedió contra todas las expectativas (…) ¡Cuantas cosas pueden cambiar en una década! Un hecho que se percibía como algo impensable en el año 1985 fue declarado inevitable en 1995. Y es precisamente este giro del destino, este salto de lo “impensable” hacia lo “inevitable” el que hace de la experiencia de la desintegración soviética un punto de referencia útil en los debates actuales sobre el futuro de la crisis europea.

Después de todo, la crisis actual de la UE ha demostrado que el riesgo de la desintegración de la Unión Europea es mucho más que un recurso retórico – un monstruo de juguete usado por los políticos asustados para hacer cumplir la austeridad a los votantes descontentos.- No son sólo las economías europeas, sino la propia política de Europa, la que está en crisis. La crisis financiera ha reducido drásticamente la esperanza de vida de los gobiernos, independientemente de su color político, y ha abierto un espacio para el surgimiento de los partidos populistas y de protesta. La opinión pública es descrita como una combinación de pesimismo y la ira.

Si bien la UE no ha sido seducida por las tentaciones del comunismo y la planificación central, no es inmune a los vicios de complejidad. Es el rompecabezas político más sofisticado conocido en la historia.

El precedente soviético

  • La primera lección es también una paradoja: la creencia de que la unión no puede desintegrarse también es uno de los principales riesgos de la desintegración. Los últimos años de la Unión Soviética son la manifestación clásica de esta dinámica. La percepción de la desintegración como algo “impensable” tentó a adoptar políticas de lucha contra la retórica o de ventajas a corto plazo.” El caso soviético también sugiere que el hecho de que los costos económicos de la desintegración sería muy alto no es una razón para que no suceda.
  • La segunda lección de la desaparición de la Unión Soviética es que las reformas equivocadas – incluso más que la falta de reformas – pueden dar lugar a la desintegración. Un factor central en el fin del sistema soviético fue la incapacidad de Mijail Gorbachov para entender su naturaleza (por persistir en la ilusión de que podría ser preservado sin una reforma completa, y su equivocada creencia en su superioridad).
  • La tercera lección de la experiencia soviética es que el mayor riesgo para el proyecto político no procede de la desestabilización en la periferia, sino de la revuelta en el centro (incluso si la crisis en la periferia puede ser contagiosa). Fue el deseo de Rusia de deshacerse de la unión -y no el de las repúblicas bálticas- el que determinó el destino del Estado soviético. Por el momento, los europeos no tienen motivos para dudar de la devoción de Alemania hacia la UE, y sin embargo cada vez más se muestra una falta de empatía entre el norte y el sur.
  • La cuarta lección es que si la dinámica de la desintegración prevalece, el resultado se parecerá más a una “escapada bancaria” que una revolución. Así, el factor más importante que afecta a las posibilidades de la unión para sobrevivir es la falta de confianza de las élites en la capacidad de la Unión para hacer frente a sus problemas. En la observación de Kotkin sobre el caso soviético se deduce que “fue la élite central, en lugar de los movimientos de independencia de la periferia, la que colisionó la URSS”. Mientras que los ciudadanos pueden disgustarse por Europa sin rebelarse contra ella, las élites nacionales podrían abandonarla por miedo a perder el control, e incluso contribuir a su colapso final.
  • La última y más inquietante lección que se deduce del estudio del colapso soviético es que en tiempos de amenazas de desintegración, los actores políticos deben apostar por la flexibilidad y limitar su impulso natural para la rigidez. De manera similar, los soviéticos construyeron su unión con la idea de que sería indestructible pero fue esta misma rigidez del proyecto la que contribuyó a su caída. El poeta y disidente alemán Wolf Biermann escribió hace muchos años: “Sólo puedo amar aquello que también soy libre de abandonar”. Los responsables políticos de Europa han olvidado esta verdad. Siguiendo las políticas inflexibles que hacen que el precio de salida sea insoportablemente alto, están aumentando, en lugar de limitar, el riesgo. Porque en una crisis importante la respuesta “no hay alternativa” fácilmente puede llegar a ser “cualquier alternativa es mejor.”

Acerca de El Blog de ECFR Madrid

Oficina en Madrid del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (ECFR en sus siglas en inglés), el primer think tank paneuropeo.

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  1. Natividad Fernández Sola dice:

    El análisis y el paralelismo son sugerentes y hacen pensar. Sin embargo, la URSS era un Estado, con un Gobierno, y la UE no lo es. Era una imposición y la integración europea es fruto de una elección paulatina de los distintos gobiernos.
    La oposición interna generada por el autoritarismo, la falta de libertades y el desprecio a los derechos no se da en la UE quien, más bien, garantiza el vigor de la democracia y las libertades fundamentales.
    Cuidado, sin embargo, con la falta de voluntad de continuar el proceso de integración creyendo que un futuro nuevamente de nacionalismos puede ser más productivo para Europa. Eso es un espejismo que muchos pueden creer real.

    • Ángel Agúndez Álvarez dice:

      El proceso inicial de integración de los Estados ciertamene es libre, sin embargo una vez realizado el ingreso y tejidos los vínculos con el resto de los Estados y con la propia UE, entre los que se incluyen la asunción de una moneda común, es muy discutible que se exista libertad real de salida. Por muy incómodo que se encuentre un Estado o pueblo dentro de la UE la posibilidad de desandar el camino se atonja, cuando menos, compleja por no decir imposible. De modo que, y siguiendo con Biermann, el elemento estabilizador no es la libertad de entrar, sino la libertad de salir.

      El mal menor como elemento integrador, que en definitiva es como acudir al miedo como pegamento social, en este caso estatal, crea alianzas coyunturales de vigencia indeterminada, pero dificilmente crea uniones sólidas. La UE sólo podrá perdurar si es capaz de dar soluciones a los problemas, el “o yo o el caos” es efímero.

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