Firma invitada: Richard Gowan*

La época en que los europeos podían dar forma al multilateralismo ha terminado. El G-20 ha mostrado ser una organización díscola con la UE, que se ha visto presionada para sustituir al eurocéntrico G-8 y revisar su posición en el Fondo Monetario Internacional.

El 9 de octubre, la canciller alemana, Angela Merkel, y el presidente francés, Nicolás Sarkozy, anunciaban que estaban trabajando en un plan para fortalecer los bancos de Europa y poner fin a la falta de confianza de los mercados financieros en la zona euro. Su meta era completarlo antes de la cumbre del G-20 en Cannes el 3-4 de noviembre. Sarkozy declaraba que los europeos deben “llegar al G-20 unidos y con los problemas resueltos”.

Esta no era seguramente la manera en que Sarkozy se imaginaba que culminaría la presidencia francesa del G-20. Empezó a hacer planes que incluían desde reformar el sistema monetario internacional hasta rediseñar el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Las autoridades francesas reconocieron que el impulso se debía al deseo de su presidente de conseguir una publicidad positiva en el periodo previo a las elecciones presidenciales de 2012. Los diplomáticos de los países aliados de Francia, entre ellos Estados Unidos, rezongaban diciendo que sus ideas no eran realistas. Sarkozy moderó sus propuestas, pero la crisis del euro las ha ensombrecido del todo.

La historia dirá si la perspectiva de un desastre en Cannes obligó a los dirigentes europeos a tomar unas medidas lo suficientemente serias para salvar la zona euro. Pero, sea cual sea el resultado, los historiadores también llegarán a la conclusión de que este episodio ha puesto de manifiesto la falta de influencia mundial de la Unión Europea (y puede que lleguen a la conclusión de que el auge del G-20 ha contribuido al declive de la UE).

Aunque los dirigentes europeos hablan de su compromiso con un “multilateralismo eficaz”, odian que otros gobiernos intenten presionarlos en los foros internacionales. Franceses y alemanes se molestaron cuando la administración de George W. Bush intentó forzarles a votar a favor de la guerra de Irak en la ONU en 2003. Francia fue capaz de evitarlo (aunque no de detener la guerra) amenazando con utilizar su veto en el Consejo de Seguridad. En el G-20, los principales miembros de la UE son vulnerables a la presión por parte de dirigentes no occidentales desconocidos y a menudo poco comprensivos. Los países europeos más pequeños simplemente se sienten frustrados por no poder siquiera participar en los debates.

En lo que se refiere a la diplomacia multilateral, la UE nunca ha sido una alianza de iguales. Francia y Reino Unido han protegido ferozmente su derecho a una condición especial en el Consejo de Seguridad. Junto con Alemania e Italia, también gozaban de una situación privilegiada en los debates económicos del G-7 y el G-8 hasta que estalló la crisis financiera. Esto siempre ha irritado a otras potencias europeas (entre las que destaca España, a la que a veces se propuso como una alternativa a Italia en el G-8), pero al menos sabían que sus aliados controlaban el equilibrio de poder en las principales instituciones internacionales y que por lo general defenderían los intereses de la Unión.

El auge del G-20 tras la crisis financiera de 2008 ha dado al traste con estas reconfortantes suposiciones. Por primera vez, los gobiernos europeos tienen que tratar con unas instituciones en las que –a pesar de seguir teniendo mucha influencia– su poder no está garantizado. Para empeorar la situación, EE UU ha dado a veces la impresión de tener más en común con los miembros no occidentales del G-20 que con sus viejos amigos de la UE. En privado, los funcionarios estadounidenses expresan su exasperación con los europeos por su incapacidad de no adaptarse lo bastante deprisa (en su opinión) a un nuevo orden multilateral en el cual su influencia es reducida.

¿Es el G-20 malo para la UE? ¿Qué pueden hacer los gobiernos europeos para asegurar su voz y voto en los asuntos internacionales? Estas preguntas eran difíciles incluso antes de la crisis del euro. Por ello, resulta interesante analizar el modo en que los miembros de la UE han afrontado el auge del G-20 desde 2008. Los esfuerzos de la Unión por seguir ocupando un lugar importante en la diplomacia multilateral mundial se han visto socavados por su lucha por demostrar un multilateralismo eficaz dentro de la zona euro ante la crisis de la moneda única. Si los miembros de la Unión no pueden colaborar entre ellos, ¿por qué debería escucharles el resto del G-20?

¿Puede la UE mejorar sus opciones en el G-20?

Aunque reconozcan la debilidad de la UE, a los defensores de una presencia europea fuerte y unida en los asuntos internacionales les seguirá preocupando que el formato del G-20 sea un mecanismo para que otras potencias fuercen a la Unión a aceptar sus decisiones. Ha habido muchas propuestas sobre los medios por los que la UE podría aumentar su influencia. Estas van desde fantasías idealistas (como fusionar todos los asientos europeos en uno) hasta cambios en el procedimiento diplomático (como nombrar a dirigentes europeos específicos para que hablen en nombre de la Unión sobre los distintos asuntos en los debates del G-20).

Desde que estalló la crisis financiera en 2008, las opciones para una consolidación significativa de la presencia europea en el G-20 han sido escasas. Dirigentes como Sarkozy y David Cameron, enfrentados a la agitación internacional y a electorados inquietos en sus respectivos países, han estado poco dispuestos a renunciar a parte de su influencia o estatus. El actual gobierno británico –atascado en la periferia de los debates internos de la zona euro– se ha unido a EE UU y a las potencias no occidentales en la utilización del G-20 para presionar a sus socios de la Unión, como ilustra la advertencia de Osborne sobre que Cannes era una “claro plazo tope” para rescatar el euro.

Hasta ahora, tampoco ha dado la impresión de que los miembros del G-20 pertenecientes a la zona euro estén especialmente dispuestos a presentar un frente unido en el foro. Incluso si la zona euro acordase mágicamente enviar un representante único al G-20, ¿habría alguien más que realmente creyese que el bloque está unido más allá de las apariencias? Parece improbable, a menos que la actual crisis del euro tenga finalmente como consecuencia un cambio significativo hacia una unión fiscal y política.

Salvo que eso ocurra, la UE seguirá encontrándose con que el G-20 es una organización difícil de dominar. La época en que las potencias europeas podían dar forma al futuro del multilateralismo se ha terminado. Sus problemas dentro del G-20 son un síntoma de su influencia mundial reducida; y la situación ha empeorado ante su incapacidad para tomar decisiones políticas dentro de Europa.

* Richard Gowan es investigador principal de ECFR especializado en la ONU. Este artículo, en su versión íntegra, fue publicado originalmente por la revista Política Exterior. Lo que aquí se recoge es un fragmento.

Anuncios

Acerca de El Blog de ECFR Madrid

Oficina en Madrid del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (ECFR en sus siglas en inglés), el primer think tank paneuropeo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s