Por Marisa Figueroa

La UE sigue siendo la primera economía del mundo y el principal actor comercial, por lo que es natural que un país emergente como Brasil tenga un interés enorme en relacionarse con ella. Pero como muchos otros países del mundo, Brasil tiene una visión disociada de Europa: por un lado, es consciente de que Bruselas tiene poder en temas económicos y comerciales pero, por otro, la diplomacia brasileña es consciente de que algunas capitales europeas son muy importantes y que tiene que seguir relacionándose de forma muy estrecha con ellas.

Manejar este doble nivel de las relaciones no es fácil para nadie, explica José Ignacio Torreblanca en su libro La fragmentación del poder europeo. Tampoco para Brasil, que ve cómo, a pesar de las afinidades obvias con la UE y sus miembros, existen múltiples planos de fricción entre ambas. Brasil disfruta de una «asociación estratégica» con la UE, firmada en 2007 pero Brasil y la UE no solo no tienen intereses coincidentes en un gran número de temas, sino que existen numerosas zonas de fricción entre ambos. Comenzando por lo más importante para Brasil, que son los temas comerciales, el país ha venido liderando la coalición de países emergentes que, a lo largo de los últimos años, han cuestionado sistemáticamente y presionado a la UE para que cambie sus posiciones en las negociaciones comerciales multilaterales. Algo parecido puede decirse de los intentos de cooperación birregional, ya que Brasil es uno de los principales valedores de Mercosur. Sin embargo, las relaciones entre la UE y Mercosur no han sido fáciles. Durante el mandato de Luiz Inácio Lula da Silva  (2003-2010), las relaciones entre la UE y Mercosur fueron sumamente problemáticas.

Por tanto, en un tema clave como es las negociaciones comerciales multilaterales, la UE ha aparecido siempre a los ojos de Brasil más como un rival que como un aliado. De ahí la percepción pública de la UE en Brasil que, con un 27% de los brasileños sosteniendo una opinión negativa de la Unión es la más negativa de la región, seguida de Argentina o México,  cuyos encontronazos comerciales con la UE son también frecuentes.

El otro gran campo en el que la UE y Brasil confluyen es el del cambio climático. Durante la década que siguió a la firma del Protocolo de Kioto, la UE y Brasil han sido incapaces de resolver sus diferencias: la UE apoyando ir hacia un esquema de reducción sustancial de emisiones mediante compromisos vinculantes jurídicamente; Brasil rechazando hipotecar su crecimiento económico mediante esquemas que carezcan de compensación financiera adecuada por parte de los países que más tiempo llevan emitiendo. Estas desavenencias se han extendido al otro gran foro multilateral, el G-20, donde Europa y Brasil han mantenido diferencias importantes en torno a la regulación de los mercados financieros y otros temas. Brasil no se ha limitado a defender sus propios intereses, sino a coordinar las posiciones de los que piensan igual. La consecuencia de este proceder ha sido visible dice Torreblanca, pues en lugar de ser el G-20 el foro donde la UE y los emergentes pudieran coaligarse para defender un nuevo orden internacional, las discusiones en el G-20 han cristalizado una división entre Occidente y los emergentes, con la UE a un lado y Brasil al otro.

Ya es evidente que Brasil necesita reconocimiento y este déficit de percepciones entre un Brasil que no solo quiere sentarse a negociar sino participar en la discusión en igualdad de condiciones, explican bien los problemas surgidos en mayo de 2010 en torno al acuerdo nuclear con Irán, que el gobierno de Lula apadrinó para luego verlo rechazado por EE UU y la UE. Lo cierto es que la política exterior de los últimos años de Lula también se había convertido en una fuente de frustraciones y fricciones entre Europa, EE UU y Brasil. Especialmente en lo referente a la promoción de la democracia y los derechos humanos: Brasil no secundó con frecuencia las posiciones europeas en el Consejo de Derechos Humanos, ni en el ámbito regional latinoamericano, donde tuvo comportamientos contradictorios y con estándares distintos según los casos.

Muchos analistas afirman que la nueva presidenta brasileña, Dilma Rousseff, electa en octubre de 2010, ha introducido importantes cambios en la política exterior. Ha marcado claras distancias con la agenda Sur-Sur y los parámetros más ideológicos impuestos por su predecesor, y se ha aproximado a Washington de forma evidente. También es revelador el dato de que Brasil ya exporta más a los países en vías de desarrollo que a Europa y a EE UU, así es que, parece evidente que, no va a renunciar a su agenda.

Acerca de El Blog de ECFR Madrid

Oficina en Madrid del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (ECFR en sus siglas en inglés), el primer think tank paneuropeo.

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