Firma invitada: Ben Judah

“No hay nada que pueda detenernos … No he perdido mi voz de mando”, sonrió Vladimir Putin desde un podio triangular ante una ondeante bandera rusa electrónica, donde minutos antes Dmitri Medvedev había anunciado que apoyaba al Presidente para un futuro mandato que podría durar hasta 2024. La audiencia de los delegados de Rusia Unida -su partido, que goza del monopolio del poder- los aclamaron con un gran aplauso.

Cuanto más lejos estás de Moscú, menos sorprendente, aunque importante, es esta designación. Sin embargo, los diarios y los cafés moscovitas han dedicado un año entero a especulaciones y análisis sobre qué pasaría, llegando incluso a llamar simplemente “La Cuestión” a la incertidumbre que se cernía sobre la posible reelección de Medvédev o Putin. Ambos son vistos como dos caras de la misma moneda, aunque el segundo parecía un no-soviético moderado, cuyo segundo mandato podía servir para normalizar el país. En un país autoritario este tipo de cosas importan.

Pese a las señales que indicaban lo contrario, las pequeñas pero influyentes élites liberales rusas cada vez lo apoyaban más y mantenían cierta esperanza con respecto a lo que Medvédev pudiera decir. Grandes banqueros, líderes de la oposición y periodistas argumentaban confiadamente que los puntos clave más importantes para el todavía presidente eran los que pasaban por mejorar los lazos con Occidente de manera que se aseguren las inversiones extranjeras vitales para el desarrollo tecnológico.

En verano de 2010 todo indicaba que se había producido un distanciamiento en el Kremlin. El despido de Yuri Luzhkov, las diferencias sobre la intervención en Libia y la separación entre cargos ministeriales y de corp0raciones públicas parecía indicar que Medvédev podría optar a un segundo mandato. Muchos liberales rusos se hicieron ilusiones con una posible carrera electoral, por eso, cuando se anunció que Putin optaría finalmente a un tercer mandato con Medvédev de primer ministro se produjo una inevitable decepción. “Éste no es un momento feliz”, tuiteó Arkady Dworkovich, asesor económico de Medvédev: “hora de cambiar al canal de los deportes”. La decisión es una clara derrota de los liberales rusos (que no son demócratas) y de la política exterior de la UE, que ha apoyado tácitamente a Medvédev y a sus asesores.

A corto plazo, neutral

A corto plazo, las elecciones serán políticamente neutrales para las relaciones entre la UE y Rusia. Putin ha apoyado todas las decisiones importantes tomadas por Medvédev en cuanto a la política exterior, y el actual acercamiento no difiere mucho de su Westpolitik entre 1999 y 2003. Esto es así porque tras las tensiones geopolíticas surgen las nuevas necesidades socioeconómicas de Rusia. La modernización ha podido ser defendida con más ahínco por Medvédev, pero ha sido siempre un proyecto compartido aunque con diferentes puntos de énfasis. Esperen más megaproyectos y menos Twitter. La burocracia ha sido paralizada por la expectación electoral, por lo que es de esperar un aumento de su actividad el próximo año.

Afortunadamente para la UE, el Gobierno ruso está más preocupado por los retos de la post (o pre) crisis económica que por aumentar su peso en la comunidad internacional. Moscú está preocupada por la baja inversión extranjera, la fuga de capitales (que llegó a los 70.000 millones de dólares en 2010), los bajos ratios de crecimiento y la previsión de una década en la que se va a estancar la producción de petróleo. Los ingresos por la exportación de hidrocarburos representan el 44% del presupuesto de Rusia, que sólo cuadra con un barril a más de 110 dólares. Por eso, es importante para Moscú explotar reservas nuevas. Rusia carece actualmente de la tecnología necesaria para la extracción, por lo que busca socios y financiación en los países occidentales. “Estas nuevas tecnologías sólo puede venir de un lugar: de Occidente”, dijo el exministro de Relaciones Exteriores de Putin, Igor Ivanov, en un encuentro en ECFR Londres esta semana, antes de añadir que “todos en el gobierno están de acuerdo.” Putin también estará limitado por la necesidad de éxito en los Juegos Olímpicos de Sochi de 2014, el Campeonato de Hockey de 2016 y Mundial de Fútbol de 2018.

Sin embargo, el regreso de Putin no conllevará el cambio de políticas positivas que los inversores europeos demandan. Es poco probable que vuelva a las políticas fiscales conservadoras de su primer gobierno, que ayudaron a asegurar el éxito económico en la década de 2000. La actual tendencia al alza en el gasto público es probable que continúe. En los últimos diez años el número de burócratas ha crecido en un 66%, y el gasto del Gobierno supone ahora alrededor del 40% del PIB.

El acontecimiento clave es la dimisión de Alexei Kudrin, el respetado ministro de finanzas ruso, que se niega a formar parte de un gabinete encabezado por Medvédev. Esto ha asustado a los inversores y podría insinuar más renuncias. Kudrin, que ha sido ministro de finanzas durante 11 años y al que se le atribuye haber hecho bajar la deuda de Rusia y haber guiado al país a través de la tormenta financiera, es muy apreciado por los inversores extranjeros y Occidente en general. Se le suele considerar como un garante de la estabilidad macroeconómica. Su partida (aunque muchos funcionarios, incluyendo el multimillonario oligarca Alexander Lebedev, especulan con su regreso, posiblemente para el Banco Central) es visto como la apertura de las compuertas de las políticas a las que se opuso: el gasto que incurre en déficit, el aumento de los préstamos extranjeros, mayores gastos militares y sociales en la expansión del “gran estado putinista”. El Kremlin quiere la modernización, pero continúa la tendencia estructural hacia un lento crecimiento y la volatilidad fiscal, con recursos, en última instancia, mucho menores para la política exterior. “Estamos en el punto crítico de nuestra modernización”, dijo Ivanov: “si continuamos diciendo pero no haciendo fracasaremos como Estado”.

El retorno de Putin muestra la poca importancia del ‘poder blando’ de Occidente. La preferencia occidental por Medvédev, incluyendo su excelente relación con Barack Obama, era bien conocida. Esto fue discutido abiertamente en Rusia. Los académicos rusos creen que Moscú ha “derrotado a la OTAN” en su expansión en Osetia del Sur, y en los debates intelectuales se habla de la decadencia de Occidente o de la crisis en la UE. Vale la pena señalar que China no vería bien un segundo mandato de Medvédev, debido a la reposición de las relaciones entre Estados Unidos y Rusia, percibido como su proyecto personal.

A largo plazo, negativo

A largo plazo, el retorno de Putin es una mala noticia para Rusia y para Europa. Los optimistas esperaban que la presidencia de Medvédev reforzaría la división de poderes entre el presidente y el Primer Ministro y Putin se retiraría lentamente. Los efectos se muestran ahora a la inversa. El tercer mandato de Putin supondrá aumentar la personalización del poder en Rusia, además de la desinstitucionalización de la toma de decisiones. Esto agudizará la crisis de gobierno en Rusia, que ya está suponiendo un aumento de la corrupción y la necesidad del “control manual”, que implica que los líderes deben inspeccionar personalmente los proyectos para asegurar su cumplimiento.

“Este sistema no funciona para nadie”, dijo Alexei Navalny principios de esta semana, lo que refleja el sentir general. Si bien los proyectos de modernización y las medidas de lucha contra la corrupción seguirán adelante es probable que se ejecuten con el mismo vigor que en el pasado, es decir, ni remotamente suficientes. El comportamiento de los oligarcas no se verá limitado. Se está preparando un escenario de decepción y el malestar por el estancamiento se podría convertir en una característica permanente. “El retorno de Putin es el peor de todos los escenarios posibles”, dijo un inversor británico en Rusia.

Muchos de los problemas actuales de Rusia son las consecuencias de esta crisis de gobierno. La creciente fuga de capitales es en parte provocada por las transferencias individuales fuera del país, y las tasas de inversión son bajas porque las fortunas rusas no están dispuestas a hacer inversiones inseguras en su propio país. Ha sido discutido el aumento de la emigración, especialmente entre los profesionales jóvenes frustrados que son cruciales para la modernización y el éxito del país.

Las encuestas de opinión muestran que desde el año 2007 los rusos están cada vez más insatisfechos con la vida, con Putin y con su partido. Según la encuesta independiente de Levada, la mayoría de los rusos creen que el país es más corrupto que en la década de 1990 y un tercio se siente decepcionado con la política. Putin parece haber perdido el contacto con la opinión pública rusa después de tanto tiempo en el poder. La próxima generación de oligarcas y burócratas se sienten avergonzada por su comportamiento teatralmente viril. Los jóvenes diplomáticos se quejan del autoritarismo. No ha seguido el ritmo de los cambios sociales, tales como Internet, las costumbres de la clase media emergente o actitudes post-post-soviéticas más relajadas.

Es en este ambiente en el que Putin ha personalizado el poder. Se ha asegurado de que las ambiciones de los políticos jóvenes sean frustradas hasta el año 2024. Su conocida predisposición a la lealtad significa que los rusos pueden esperar volver a ver las mismas caras de nuevo en el poder, una década después. En el largo plazo, Putin tiene casi garantizado que su eventual salida de la escena política podría causar una crisis nacional. Él no ha construido la estabilidad, sino un sistema desinstitucionalizado bajo su control. Rusia en el año 2024 se enfrenta a la perspectiva trágica de seguir siendo un país donde los líderes mueran en el cargo o tengan que ser relevados inconstitucionalmente. Es, además de trágico, peligroso. No es de extrañar, que el anteriormente pro-Putin Mikhail Gorbachov haya advertido que Rusia se enfrenta ahora a unos “años perdidos”.

Las relaciones UE-Putin, estancadas

Para la Unión Europea, el nuevo papel de Putin como presidente significa que se mantendrá en segundo plano en cuanto al funcionamiento de la economía y se concentrará en la política exterior. Su inimitable estilo personal, sus comentarios sarcásticos y sus frecuentes estallidos reemplazarán la tranquilidad de la presidencia de Medvédev. Es de esperar que todo lleve a dificultar las relaciones. Los prejuicios conocidos de Putin sobre Georgia y Estonia seguirán siendo puntos de fricción, y sus comentarios de este verano afirmando que “Bielorrusia y Osetia del Sur podría convertirse algún día en parte de Rusia” dejan a muchos en estado de alerta. El compromiso personal de Putin para el proyecto de unión aduanera con Bielorrusia y Kazajistán, así como una actitud más prochina que Medvedev podrían pasar al primer plano de la agenda. La firmeza y agresividad mostrada entre 2004 y 2008 puede enfriar el entusiasmo, aunque no se retroceda, por el restablecimiento de las relaciones con EE UU y la “Asociación para la Modernización” de la UE. Lo que sí garantiza su regreso es que la UE no va prestarle la suficiente atención. Bastante tiene con la crisis a la que se enfrenta en casa y la primavera árabe. Los últimos 10 años de relaciones UE-Putin ha hecho desconfiar y no comprometer más recursos. Las relaciones de la UE con Rusia también se enfrentan a sus propios “años perdidos”.

Ben Judah es investigador de ECFR

Acerca de El Blog de ECFR Madrid

Oficina en Madrid del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (ECFR en sus siglas en inglés), el primer think tank paneuropeo.

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