Firma invitada: Thomas Klau*

La actual fragilidad del cuerpo político griego a la hora de enfrentarse a una amenaza de carácter nacional ha destruido las esperanzas de que Grecia sea capaz de reinventar de la noche a la mañana su manera de gestionar los asuntos públicos e iniciar el largo camino hacia un pago completo de su colosal deuda. Con cada semana que pasa, la estrategia para la gestión de la crisis elegida por los líderes nacionales de la eurozona –comprar tiempo y hacer apaños–  aparece con más fuerza como un intento desesperado de posponer el inevitable momento de la verdad.

Existen profundas razones históricas que explican los aprietos por los que está pasando Grecia. Siglos de ocupación otomana impidieron la participación de los Balcanes en el Renacimiento yla Ilustración, debilitando los fundamentos del Estado y la sociedad civil. Más relevante para los actuales apuros griegos es la devastación que trajo consigo la ocupación alemana y la posterior guerra civil. El absurdo tamaño del Estado griego es en parte resultado de una exitosa estrategia de comprar paz social en una sociedad políticamente frágil. La rabia en Europa a raíz del rechazo de la oposición griega de cerrar filas con el asediado gobierno en Atenas está asegurada – como lo está la rabia  de los griegos tras una década de descontrol que debe ser ahora arreglada con lacerantes recortes sociales. De todos modos, ayudaría que los líderes políticos en La Haya o Berlín pasasen menos tiempo alimentado los prejuicios de su población y más  reflexionando y explicando por qué Grecia está pasándolo tan mal. Por supuesto que el país no debería haber entrado en la eurozona cuando lo hizo. Pero los errores suceden y éste ha sido cometido y compartido por muchos. Lo que importa ahora es cómo manejar sus consecuencias.

El rechazo a detener la crisis de confianza en el futuro de la eurozona mediante señales atrevidas que muestren resolución –como la creación de un fondo europeo para estabilizar el sector bancario o la emisión de  eurobonos– está empujando a esta generación de líderes europeos hacia una encrucijada aún más dramática. Si las dinámicas ahora en marcha en los mercados continúan operando, estos líderes se verán obligados bien a aceptar la necesidad de transferir más poder y dinero al nivel supranacional –y empujarla UE hacia una federación— o bien arriesgarse a sufrir un terremoto político y económico que arroje otra vez la economía mundial hacia el abismo, precipitando la integración europea hacia su crisis más profunda desde la Segunda Guerra Mundial.

Es un error común asumir que la elección a la que líderes como Angela Merkel se enfrentan oscila entre el suicidio político de avanzar hacia un federalismo europeo fiscal y presupuestario más profundo, de un lado, y una retirada hacia el refugio que supondría retornar a un status quo previo a la Unión Económica y Monetaria, por el otro. Lo cierto es que la desarticulación de la eurozona –o incluso un default parcial griego insuficientemente compensado por una mayor integración financiera y política– puede desatar dinámicas cuyo impacto combinado será de lejos mucho más desestabilizador y políticamente dañino que cualquier movimiento hacia territorios federalistas. ¿Entonces qué? La responsabilidad de la interrupción de 60 años de integración europea quedará en el currículo de los actuales líderes nacionales; Angela Markel se asegurará un lugar en los libros de historia comola Canciller cuya falta de coraje, escasa ambición y nula sabiduría destruyó el trabajo de sus predecesores y arrojó a Alemania de vuelta al papel de principal agente desestabilizador en el continente europeo.

Con los mercados financieros de nuevo co-escribiendo el guión europeo, no hay manera de que aun los más perspicaces observadores puedan predecir qué cadena de eventos se pondrá en marcha. Si una Alemania introvertida continúa vacilando, sembrando dudas con anuncios conflictivos y rechazando siquiera discutir las condiciones de una expansión permanente de la autoridad europea, emparejada con mayores transferencias dentro de la UE, entonces una catástrofe política y económica es bien posible.

Aún así, debemos dejar claro que los líderes de la eurozona no estarán sopesando entre un salto valiente hacia una mayor integración europea y un fácil retorno a los idílicos noventa. La alternativa que estará disponible más pronto que tarde será aquella que se sitúa entre la búsqueda del coraje para definir la historia y construir sobre el trabajo de nuestros predecesores, o vencerse ante fuerzas históricas hostiles y dejar que colapse Europa. Demasiados de nuestros líderes actuales carecen de la habilidad y la fuerza de voluntad para pensar más allá de las próximas elecciones. Pero muy pocos  querrán pasar su retiro político como objetos de desdén. Si la prudencia es el mejor ingrediente del valor, entonces la prudencia podría todavía provocar audacia en lugar de la actual inactividad, que en este contexto de crisis es el camino más seguro hacia el desastre.

*Thomas Klau es investigador y director de la oficina de ECFR en París.

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Acerca de El Blog de ECFR Madrid

Oficina en Madrid del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (ECFR en sus siglas en inglés), el primer think tank paneuropeo.

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