Firma invitada: Pablo Benavides*

Cuando el mundo contenía su aliento político ante los fenómenos revolucionarios en los países del Mediterráneo y en Oriente Medio, un sismo de 9 puntos en la escala de Richter seguido de un tsunami aterrador conmocionó Japón y barrió sus costas del nordeste con efectos devastadores. Muy raramente en la historia de ese país acostumbrado a estos fenómenos telúricos se habían producido dos ligados entre sí de tamaña importancia. Entre las infraestructuras industriales afectadas más directamente se encuentra la central nuclear de Fukushima Daiichi situada al borde del Pacífico frente al epicentro del terremoto y, por lo tanto, en la situación más vulnerable para recibir el impacto directo del tsunami. Los detalles de la génesis técnica del problema provocado en la central que afectó a los seis reactores de la central han sido referidos en los medios hasta la saciedad. Sólo quisiera dedicar en estas líneas algunas reflexiones sobre las consecuencias en el orden energético general.

En primer lugar, la magnitud ciclópea del seísmo no ha afectado a la obra civil de la central. Las condiciones de construcción de la misma le permitieron resistir el terremoto sin que se resintiera gravemente la estructura. Las normas de construcción parecen, pues, haber respondido a las exigencias sísmicas reales aunque estuvieran planificadas en niveles ligeramente inferiores al del sismo, esto es para un nivel de unos 7 puntos en la escala de Richter. Las graves consecuencias que produjo la parada de los sistemas de refrigeración de los núcleos y de las piscinas de conservación de los elementos fisibles usados se debieron a la entrada de la gigantesca ola que siguió al terremoto. Quedará ahora la duda de si en la construcción  de la central sorprendentemente próxima al borde del mar pudo y se debió prever una protección frente a una posible “agresión” del mar. Así se planeó con muros de hasta diecisiete metros, según mis informaciones, en  el caso de la fallida planta de Lemóniz. En cuanto a los terrenos sísmicos quisiera recordar la oposición rotunda de la Unión Europea y de Estados  Unidos a la puesta en marcha de la central de Medzamor en Armenia por esas mismas razones sísmicas lo que obligó a subvenir con ayudas con cargo al presupuesto comunitario para cubrir el abastecimiento energético sustitutivo del país. La central, dotada de un reactor ruso VVER440V230 estaba concebida para sismos de una intensidad de 9 puntos en la escala de Richter con doble sistema de containment pero sin la base necesaria de absorción de elementos radiactivos en caso de fusión del núcleo, finalmente se puso en funcionamiento hasta que el gobierno armenio aceptó en 2007 su cierre a plazo bajo la presión internacional.

En segundo término, hay que evitar en el caso de Fukushima cualquier comparación con accidentes nucleares anteriores y, en especial, con el de Chernobil. Ni las características del reactor y de su construcción ni, sobre todo, la gestión de su funcionamiento son en modo alguno semejantes ni comparables. Puede decirse que cada central nuclear es única así como lo es la manera de gestionarla y explotarla. Los errores humanos llevados hasta el límite de la inconsciencia aquel 26 de abril de 1986 a la 1,23 horas de la mañana en Chernobil no se han producido ni se producirán en plantas como las japonesas. Las semejanzas se detienen en la imagen de los helicópteros sobrevolando las centrales y en el sacrificio de unos cuantos operarios heroicos que ya es mucho.

En tercer lugar, es evidente que la gravedad del accidente, magnificada en algún caso indebidamente entre otros por el Comisario europeo de la energía, Öttinger, que se vio sometido a duras críticas en el Consejo informal de Ministros de energía de Bruselas, ha sido un elemento importante de apoyo para los lobbies antinucleares que anuncian el fin la llamada “primavera de la energía nuclear”. Ha habido, posiblemente, un fenómeno de exacerbación de los sentimientos antinucleares con declaraciones poco reflexivas. La máxima transparencia informativa siempre exigible no está reñida con cierta precipitación no exenta de motivaciones electorales como la mostrada por la Canciller Merkelde cerrar siete centrales de las diecisiete existentes en Alemania, la decisión de los gobiernos americano y chino de detener sus planes de construcción de nuevas centrales o la amenaza del gobierno español de cerrar la de Garoña o todas aquellas centrales que no respondan a las pruebas de esfuerzo que el Consejo informal de Ministros de  energía acaba de decidir en términos muy vagos en Bruselas. Podría entenderse, ante tales declaraciones, que las centrales no respondían a exigencias severas, lo cual no es cierto; ahora habrá que esperar a que se definan de manera científica los seis requisitos ya consensuados por los organismos reguladores nacionales reunidos en WENRA ya que hasta hoy nunca ha sido posible armonizar las normas nacionales en normas comunitarias pese al esfuerzo en ese sentido de algunos como la antigua Vicepresidenta dela Comisión Europea Loyola de Palacio. Por el momento quedanla Directiva2009/71 EURATOM de 25 de junio de 2009 sobre la seguridad en instalaciones nucleares que está en vigor desde el 22 de julio de 2009  y la Propuestade Directiva sobre almacenamiento de combustible usado y de residuos nucleares de 31 de noviembre de 2010. El Consejo, a la vista de los nuevos y difusos criterios de seguridad que él mismo acaba de aprobar habrá de decidir si estos criterios deberán recogerse en una nueva normativa comunitaria.

En sentido inverso, el accidente de Fukushima, si detiene la incipiente recuperación del sector nuclear, constituirá un incentivo para relanzar fuentes de energía tan dispares como las renovables o el carbón. Pero ello exigirá una revisión de los planes estratégicos de la Unión Europea en cuanto a política energética en especial en su dimensión medioambiental. A título de ejemplo, no se podrá abordar un relanzamiento del carbón sin introducir una revisión del precio de las emisiones de CO2. Ha quedado probado que el instrumento del intercambio de emisiones no ha producido los resultados apetecidos y el precio del CO2 continúa muy por debajo de lo que parece necesario para promover la aplicación de tecnologías que siguen hoy solamente en un estadio cuasi-experimental. En su presentación reciente del Informe del Grupo “Global Utmaning” en Madrid, para su presentador, el antiguo Ministro de Hacienda sueco y exDirector General de la Comisión Europea, Allan Larsson, ese precio debe ascender cuando menos a 40 $ la tonelada si se desea incentivar industrias limpias y tecnologías avanzadas como las diferentes del carbón limpio  o las de captura y almacenamiento de CO2 imprescindibles en centrales térmicas. A ese respecto me parece contradictorio que el Ministro de Energía español requiera del Consejo de Bruselas la reapertura del tema de las ayudas al carbón nacional mientras que el proyecto de captura de CO2 en Compostilla (León) apoyado con 180 millones de euros comunitarios en el PERE (Plan Europeo de Renovación Económica) se olvida por su escasa rentabilidad y su alto coste. En cuanto a las renovables su incentivación dispone ya de instrumentos normativos y financieros suficientes a nivel comunitario a través de las Directivas de la Unión Europea y de los sistemas nacionales de apoyo sean los certificados verdes poco efectivos o las feed in tarifs. El infausto accidente en Japón deberá traer nuevas reflexiones de carácter estratégico muy diverso y general: objetivos 20-20-20, normas de seguridad de las nucleares, precio del CO2, nuevo impulso en I+D+i, planes de eficiencia energética, etc.

Conclusiones

Sobre el accidente de la central de Fukushima resulta extraordinariamente difícil aventurar conclusiones. Algunas pueden, sin embargo, comenzar a anticiparse. La principal consecuencia, además de los daños en las personas contaminadas, puede suponer una revisión profunda de la política energética a nivel global y, por supuesto, europeo. No es esta una situación afortunada en una coyuntura económica y financiera ardua y en un momento en el que comenzaban a definirse las líneas de una política común de la energía que incluía la nuclear aunque se dejara la opción a la decisión nacional. Elementos como el precio del CO2, la aplicación de las nuevas tecnologías o la revisión de las normas de seguridad de las centrales nucleares son susceptibles de alterar en mayor medida un mercado inseguro y agitado.

*Pablo Benavides es Embajador de España y antiguo director general de Energía de la Comisión Europea.

 Este es un extracto de un artículo publicado en Cuaderno de Energía número 31, edición junio de 2011.

Acerca de El Blog de ECFR Madrid

Oficina en Madrid del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (ECFR en sus siglas en inglés), el primer think tank paneuropeo.

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