Firma invitada: Ana Palacio.

La agitación en el mundo árabe es un proceso en marcha y como tal deja más preguntas abiertas que respuestas. Sin embargo, un resultado, y uno positivo, es que esta convulsión ha sacudido nuestras ideas preconcebidas sobre la región, dejándonos solos frente a nuestros prejuicios, y ahogándonos en nuestras viejas contradicciones.

Hasta ahora, Occidente ha cultivado dos comunidades distintas: la comunidad del desarrollo y la comunidad democrática. La mayoría de las veces, la primera no ha albergado ninguna consideración por la segunda, lidiando cómodamente con dictaduras y democracias por igual, bajo la idea de que la prosperidad puede impulsarse centrándose en exclusiva en la influencia económica. Esto no es falso, pero no asegura una redistribución de la riqueza, condición necesaria para la prosperidad.

Es casi un lugar común subrayar la contradicción entre nuestros intereses y principios. Yo he creído siempre que no existe mayor interés a largo plazo para cualquier gobierno de la comunidad transatlántica que estar rodeado de sociedades prósperas, estables y democráticas. En cualquier caso, la distancia que ha existido entre la retórica de los tratados bilaterales dela Unión Europea y la situación real en el sur del Mediterráneo ha quedado cerrada. Ahora, en la región más crítica para la política geoestratégica y de seguridad de Europa, nuestros valores e intereses son similares, mientras el largo plazo se aproxima. Estamos ante una oportunidad única de apoyar la transición de nuestros vecinos desde los levantamientos revolucionarios hasta gobiernos democráticos.

A día de hoy, ese divorcio entre las políticas de desarrollo de las relacionadas con la promoción de la democracia, los derechos humanos y el imperio de la ley interpela a la comunidad transatlántica. Como el reciente debate del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas ha demostrado, de los países que pueden influir en la cadena de acontecimientos ni Brasil, ni China, tampoco Rusia, serán los primeros en ayudar a los movimientos que luchan en el Mediterráneo. Brasil apenas se ha pronunciado, mientras que la reluctancia de China y Rusia a imponer sanciones al régimen libio era de esperar dados sus propios estilos autocráticos de gobierno.

Hasta ahora, los revolucionarios en nuestra vecindad sur han dejado claro contra lo que luchan. Pero los objetivos de esa lucha, definidos en torno a los amplios conceptos de dignidad, justicia y libertad, todavía tienen que adoptar una forma más concreta y asequible. Si estos nobles objetivos son los que han de guiar a los países árabes hacia un futuro mejor, deberían establecer como sus metas la prosperidad, el buen gobierno, el Estado de derecho y el respeto por los derechos humanos.

Política mediterránea

Desde sus inicios en 1995, el Proceso de Barcelona ha sido criticado por no ligar ayuda financiera y reforma democrática, también por dar prioridad a la inmigración, la seguridad o la lucha contra el terrorismo frente a otras áreas de cooperación. Como resultado, la realización de la visión euro-mediterránea ha quedado alejada de los objetivos originales.

Europa debería cambiar el foco del Partenariado Euro-mediterráneo (ahora Política Europea de Vecindad y Unión por el Mediterráneo) sobre inmigración y seguridad y volver a los objetivos originales de la Declaración de Barcelona, enfatizando la inversión en democracia, derechos humanos y educación.

Para implementar la visión de lago alcance de Barcelona para la región,la Política Europea de Vecindad tiene que revisar la distribución del apoyo financiero, reequilibrando la financiación para la vecindad Este y Sur y dando una mayor importancia a la democracia, las libertades civiles y los derechos humanos, consagrados en las tres cestas del Proceso de Barcelona. Si no, el sentido de su propósito se perdería en la complejidad de sus instrumentos.

Europa tiene que sacar conclusiones de la fusión de los valores e intereses y de la desaparición de la línea que separa los intereses a corto y largo plazo en el sur del Mediterráneo. La inversión en infraestructura y la reforma económica son necesarias para el desarrollo de la región. Sin embargo, por sí solas no pueden transformar la región, si no se da un énfasis paralelo en democracia, derechos humanos, Estado de derecho y educación. Para avanzar en ambos campos, la UE debe ligar sus programas de ayuda e inversiones con resultados concretos en el ámbito de la reforma democrática, y presionar para una mayor responsabilidad sobre la reforma educativa de la región.

Este es un extracto de un artículo (en inglés) publicado por la revista Europe’s World número 18, verano de 2011.

Ana Palacio es exministra de Asuntos Exteriores de España (2002-2004) y miembro del Consejo de ECFR.

Acerca de El Blog de ECFR Madrid

Oficina en Madrid del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (ECFR en sus siglas en inglés), el primer think tank paneuropeo.

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