Firma Invitada: Hans Kundnani 

Cuando Barack Obama inauguró su presidencia en enero de 2009 parecía, por toda su retórica visionaria, ser un realista duro en materia de política exterior. En su discurso de 2006 rechazó el enfoque neoconservador del presidente Bush hacia Oriente Medio y pidió “una estrategia que no sea dirigida por la ideología y la política sino una política basada en análisis realistas de situaciones estudiadas sobre el terreno y en concordancia con nuestros intereses en la región”. Durante su campaña electoral, repudió la arrogancia de Bush y prometió más humildad en la política exterior norteamericana.

Durante los dos primeros años de su mandato, Obama pareció convertirse en alguien aún más realista. Contra el antecedente de la crisis financiera y la sensación del declive americano, el nuevo presidente parecía liderar un país que, en palabras de John Quincy Adams, “no va en busca de monstruos para destruir”. Trató de perseguir un enfoque menos confrontador con el mundo árabe (“ningún sistema de gobierno puede o debe ser impuesto por una nación a otra”) pero en la práctica esto significa, a menudo, el apoyo implícito del status-quo en países como Irán. Después de un año en su despacho, el analista político Walter Russell Mead pidió a Obama ser más wilsoniano.

La respuesta inicial de Obama a las protestas en el Norte de África, al comienzo de este año, parecía reafirmar su realismo. En realidad, cuando las fuerzas de Gadafi a principios de marzo amenazaban Bengasi, la administración de Obama parecía bloquear la demanda de Cameron y Sarkozy por una intervención militar. En una reunión organizada en Londres por la Henry Jackson Society y en la que mi colega Daniel Korski participó, el profesor de historia de relaciones internacionales de la Cambridge University, Brendan Simms, dijo que la administración estadounidense – y en particular Hilary Clinton, quien había hablado de una política exterior basada en “defensa, desarrollo y diplomacia” – había olvidado “la cuarta palabra, democracia”.

Pero todo ello parece ahora algo tan lejano. Ocho días después de aquella reunión, los EEUU apoyaron la resolución del Consejo de Seguridad de la ONU para crear la zona de exclusión aérea en Libia. Tras dos meses, los norteamericanos parecían, como dice el editor del New York Times Bill Keller, haber redescubierto su “impulso misionero”. En el discurso de Obama sobre Oriente Medio, de semanas pasadas, se reafirmaba la promoción democrática en la región como un objetivo de la política exterior norteamericana – en otras palabras, una estrategia conducida por la ideología y la política. No es sólo en Oriente Medio donde la administración norteamericana se ha convertido en más idealista sino que Hilary Clinton también se ha convertido, recientemente,  en más crítica con China.

Lo que se puede destacar de este paso aparente del presidente Obama, del realismo al idealismo, es su parecido con la trayectoria de su predecesor quien, muchas veces, es percibido como su opuesto. George W. Bush actuó en 2000 como un realista que prometió el fin del intervencionismo liberal de la era Clinton y basó la política exterior de EEUU en intereses más que en valores. En concreto, despreció las tendencias idealistas de la “construcción de naciones” y la idea de intervención humanitaria de Bill Clinton. Pero tras el 11-S Bush persiguió su propia y elevada visión idealista de la “agenda de la libertad”, como la pieza clave de la guerra de Irak.

Así como Bush se reinventó tras el 11-S, Obama también se ha reposicionado desde la primavera árabe. Como escribe Jacob Heilbrunn en su artículo en The National Interest sobre Samantha Power (quien, según muchos, es la persona clave en la evolución del realismo al idealismo del presidente norteamericano), “Obama empezó su mandato, como George W. Bush, prometiendo un repudio a la arrogancia de su predecesor, sólo para ser seducido por el atractivo de la democracia militante”. En realidad, como afirma un blog post en el New York Times a finales de marzo, existen argumentos sólidos sobre el porqué es correcto usar el poder estadounidense para la promoción de la democracia.

¿Qué nos dicen la evolución de la política exterior de Obama y los paralelismos entre Bush y Obama? En un artículo publicado en The New Yorker sobre la evolución de la política exterior de Obama, Ryan Lizza observa que “EEUU sigue estancado con el conflicto de Oriente Medio” y cita la famosa frase de Hardold Macmillan sobre la importancia de “hechos, querido amigo, hechos” en la política. Aunque ello también parece sugerir que los EEUU fueron forzados a perseguir una política exterior idealista contra su voluntad. Sin embargo, tanto Bush como Obama escogieron (entre opciones y tomaron decisiones) cuando debieron responder a lo que sucedía en Oriente Medio. Como la abstención de Alemania en la resolución 1973, existieron más respuestas posibles – más realistas en realidad – que eligieron otros países con diferentes tradiciones. Lo que mueve a los presidentes norteamericanos a cambiar el enfoque realista no es tanto su país como tal – y en particular su idealismo profundo arraigado.

Hans Kundnani tiene su propio blog

Acerca de El Blog de ECFR Madrid

Oficina en Madrid del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (ECFR en sus siglas en inglés), el primer think tank paneuropeo.

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