Firma invitada: Daniel Korski

Ahora que la misión sobre Libia ha comenzado, el debate sobre cómo conducir la guerra -y no sobre sus razones- debe empezar también. Los dos últimos años nos han dado lecciones de oro, aunque algunas de ellas no son precisamente de 18 kilates, sino más bien ‘el oro de los tontos’; por eso es crucial que los Gobiernos europeos aprendan las lecciones correctas.

Lo primero es la necesidad de establecer un sistema de mando y de control funcional, que permita la dirección política y la coordinación militar. La misión debe ser rápidamente puesta a disposición de la OTAN, o bien formalizar un acuerdo que incluya a Gran Bretaña, Francia y otros aliados con el fin de guiar la campaña militar. Después llega el problema del objetivo de la misión. El objetivo estratégico de la misión, que es lo suficientemente claro para ser entendido por todos los combatientes, lo suficientemente realista para evitar una campaña prolongada en el tiempo y lo suficientemente maleable; conseguirá que Occidente no acabe, como en Bosnia en los años 90, atrapado por la legalidad.

El objetivo estratégico debe ser entendido en sentido amplio. Se trata de proteger y reforzar a la oposición y presionar a las fuerzas leales al régimen para que pierdan la voluntad de luchar, de manera que pueda comenzar un proceso político que expulse al coronel Gadafi y a su familia del poder. También, por otro lado, podría tratarse de lograr algún tipo de fase intermedia en el que el poder se comparta entre los rebeldes y los leales al régimen, como paso previo a la constitución de una nueva república. El hecho de que Gaddafi ha logrado una remontada en las últimas dos semanas es una señal de que tiene una base más amplia de apoyo que – por ejemplo – Ben Ali. Las fuerzas leales que necesita ver a un futuro después de Gadafi para disuadirles de la lucha contra el. Gadafi, como ha podido comprobarse en sus avances militares, tiene más apoyo que el que tenía, por ejemplo, Ben Alí; por eso las fuerzas leales al coronel tienen que ver un futuro tras Gadafi que les incite a dejar las armas.

Occidente debería empezar también a planear la salida de Gadafi. Esto es moralmente problemático, especialmente después de que la resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas haya pedido a la Corte Penal Internacional que investigue los posibles delitos cometidos contra el pueblo libio. Gadafi no dejará de luchar si no encuentra motivos para ello, provocando quizá un conflicto prolongado. Es mejor, por tanto, encontrar alguna salida. Se le podría asegurar el paso seguro a un país amigo – como Venezuela o Zimbabwe – o comprometernos a limitar las investigaciones de la CPI exclusivamente a él, y no a su familia e hijos.

Los Gobiernos europeos tienen que prepararse para un compromiso a largo plazo, ignorando las ‘llamadas clintonescas’ que previenen de un compromiso a corto plazo por parte del presidente norteamericano, Barack Obama. El coronel Gadafi puede estar más firmemente instalado en Trípoli que Slobodan Milosevic en su día, por lo que el gobierno de la UE debe prepararse para una campaña más larga que los 78 días de Kosovo en 1999.

Resulta necesaria también no sólo una estrategia ‘multi-fase’, sino una que incluya varias fuerzas. Es decir, tanto el control del espacio aéreo de Libia y ataque a las fuerzas libias terrestres desde el aire como el apoyo a los rebeldes anti-Gadafi en su lucha durante los próximos días. Ésta es principalmente una tarea clandestina, por lo que la OTAN también debe trabajar con Túnez para crear instalaciones a través de la frontera donde entrenar a los rebeldes. Por último, la comunidad internacional tiene que orientar su labor humanitaria hacia lo que pudiera ocurrir como consecuencia de la guerra.

Una lección que debemos aprender de guerras pasadas es mantener el mayor apoyo posible para la acción. Es importante, especialmente, mantener dentro del proceso a los países que se oponían a la acción militar, como Alemania, Turquía, Rusia, Argelia o China. Excluirlos daría esperanza a Gadafi y podría socavar la acción militar. La “zarina” en política exterior de la UE, Cathy Ashton, debe dar prioridad al trabajo con estos Estados, incluso nombrando enviados especiales como el Lord David Hannay o Wolfgang Ischinger. A diferencia de Irak, la fase siguiente a los combates no debe estar dominada por la OTAN, sino por un mandato de Naciones Unidas liderado por Egipto y la OTAN como fuerza de paz.

Las guerras son fáciles de empezar, difíciles de combatir y, en muchos casos, aún más difíciles de terminar. Aprender las lecciones correctas de guerras del pasado, recientes y antiguas, es absolutamente clave.

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Acerca de El Blog de ECFR Madrid

Oficina en Madrid del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (ECFR en sus siglas en inglés), el primer think tank paneuropeo.

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